Después de un "cómodo" vuelo en clase turista de unas cinco horas de duración, llegamos a las 9 de la noche al aeropuerto internacional de El Cairo, donde permaneceríamos las siguientes tres noches.

Nos recibió el responsable de la agencia y, una vez realizados los trámites burocráticos del visado y recogidos los equipajes, nos trasladó a nuestro hotel, el Sofitel Le Sphinx, situado en Giza, a diez minutos andando de las famosas pirámides. El trayecto fue bastante más largo de lo esperado, ya que en la carretera había ocurrido un accidente de tráfico y estuvimos metidos en uno de los típicos y monumentales atascos de El Cairo.

Una vez acomodados en nuestra habitación, decidimos junto con otras dos parejas con las que coincidimos en el aeropuerto y que realizarían el mismo viaje que nosotros, dar una vuelta por la zona de las pirámides, ya que desde nuestro hotel se veían iluminadas y parecían estar muy cerca.

Tras un agradable paseo nocturno por las transitadas y ruidosas calles de Giza (llenas de hoteles y restaurantes turísticos que alojan a muchísimos visitantes de El Cairo), llegamos a la entrada del recinto donde se encuentran las pirámides. Mientras disfrutábamos de la visión de las mismas (Napoleón dijo de ellas que "sólo el deleite de contemplarlas justificaba el viaje a Egipto"), se nos acercaron dos guías locales (unos "buscavidas" de mucho cuidado) ofreciéndonos un paseo a caballo por las pirámides al amanecer, antes de que las abrieran al público.

Debido a que el precio no era excesivo (creo recordar que unas 1.500 pesetas de las de antes, 9 € por persona) y que a las chicas del grupo les apetecía mucho, no planteándose en momento alguno que estos "buscavidas" (sin ánimo de ofensa) mienten más que hablan, acabamos cerrando un trato, con apretón de manos incluido, en el que nos comprometíamos a estar de nuevo allí a las 5,30 de la mañana para realizar el "fabuloso tour a caballo por las pirámides"...Volvimos al hotel a descansar un rato y a la hora acordada nos encontrábamos los seis incautos en la puerta de una especie de establo, a punto de inaugurar la lista de pardillos que picaban el anzuelo ese día.

Era todavía de noche. Tras cerrar y repasar las cláusulas de nuestro acuerdo, que suponía dar un paseo a caballo por las pirámides, que duraría una hora y media -recuerdo que Teresa hizo hincapié en que desde el caballo las quería tocar, para que no quedara duda de lo que íbamos a hacer- procedieron al reparto de caballos, cada cual más famélico y con más moscas. Nos acomodamos al nuevo transporte y, como si de una caravana de nómadas se tratara, comenzamos a atravesar las calles de un barrio adyacente a la valla que separa el recinto de las pirámides. Aún era noche cerrada y no había un alma por la calle salvo nuestro divertido grupo.

Después de recorrer un buen trecho, una media hora de paseo a caballo, llegamos a una zona de dunas, donde bajamos de nuestras famélicas monturas y, mientras compartíamos unos cigarrillos con los "buscavidas", esperamos ansiosos la salida del sol (por lo menos para ver donde nos encontrábamos, ya que no nos encontrábamos junto a las pirámides, que era lo que habíamos acordado horas antes).

En pocos minutos comenzó a amanecer y frente a nosotros, lejos, muy muy lejos, aparecían iluminadas por los primeros rayos del día, "las pirámides que podríamos tocar desde el caballo" según estos "piratillas engaña turistas". Entre risas y caras de asombro hicimos unas fotos al lejano paisaje que el comienzo del día nos ofrecía e intentamos disfrutar del momento, dejando para un poco más tarde la bronca que debíamos tener con estos que nos habían tomado el pelo como a niños pequeños.

El camino de regreso transcurrió por el mismo barrio por el que habíamos venido, ahora ya con gente por la calle que nos miraba con cara de indiferencia (imagino que no éramos los primeros turistas pardillos que veían montados a caballo a las 7 de la mañana en las proximidades de sus casas). Llegamos al establo, punto de partida de toda esta parodia ecuestre y comenzó la gran discusión.

Había que pagar y nos pedían el doble de dinero del que habíamos acordado, ya que eran prácticamente las 7:30 de la mañana y aunque no fuera por nuestra culpa, habíamos empleado más tiempo que el que teníamos contratado de "paseo a caballo entre las pirámides".

Las chicas, que eran las que habían negociado la excursión, víctimas del "simpático" engaño, se enzarzaron en una discusión mezcla de inglés, español y árabe que acabó con una renegociación de la tarifa (situación habitual en este país, no se por qué pero al final siempre intentan modificar el precio que inicialmente se acuerda).

Después de nuestra primera, divertida y fraudulenta experiencia, Teresa y yo decidimos ir a desayunar al hotel y reorganizar el resto del día por nuestra cuenta.

Con el estómago lleno, que se razona mejor, negociamos con un taxista los desplazamientos que realizaríamos durante los próximos dos días. Nuestra intención era el primer día visitar Giza y el resto de pirámides que se encuentran en los alrededores de el Cairo y el segundo día, visitar el museo, la ciudadela y el mercado Khan al Khalili.

Una vez aclarados los servicios a prestar por el taxista y el importe que le pagaríamos por los mismos (no sirvió de mucho la ardua negociación, ya que al día siguiente discutimos con él) nos dirigimos nuevamente hacia Giza. Como eran las 8 de la mañana (hora de apertura del recinto de las pirámides) entramos en el mismo y en medio del desierto comenzó nuestro primer contacto con la historia del antiguo Egipto.

Situada en la meseta de Giza, a 16 km. del centro de El Cairo, se llega a la necrópolis más famosa del mundo. Tardaron en construirla, durante tres generaciones, más de 100 años y desde  hace más de 4.500, estaba allí esperándonos.

El conjunto de la necrópolis está compuesto por la inconfundible esfinge de Gizeh, las famosas pirámides de Keops, Kefren y Mikerinos, pequeños templos y tumbas de sacerdotes (aunque no en todos estaba permitida la entrada) que hacen necesarias al menos tres horas para disfrutar mínimamente de la visita.

Como era muy temprano y todavía no había mucha cola en la taquilla, intentamos obtener una entrada, abonando una cantidad extra por supuesto, para acceder al interior de alguna de las pirámides (de forma rotativa se puede acceder a alguna de ellas mientras en las otras se realizan tareas de mantenimiento y restauración). Como era de esperar, allí está todo organizado y lo que podía parecer lógico para un europeo dada la hora que era, en El Cairo es diferente:

En Keops, la más grande de las tres, no se podía entrar, ya que estaban realizando obras de restauración; y para entrar en Kefren, la intermedia, ya no había entradas. Eran las 8:05 a.m., os preguntaréis cómo es posible que en cinco minutos se hubieran vendido las 150 entradas de todo el día. La explicación era muy sencilla: realmente se las habían vendido todas a los tour-operadores, con lo cual, como íbamos por libre, nos resultó imposible conseguir una.

Pero al parecer estábamos de suerte, a Mikerinos, la más pequeña, si que nos permitían acceder y además no era necesaria entrada. Así que la única opción de ver el interior de una pirámide en Giza, pasaba por entrar en Mikerinos, y así lo hicimos. Sin dudarlo, esperamos un rato bajo el sol abrasador la cola de turistas ansiosos de historia y por fin pudimos entrar en la más pequeña de las tres famosas pirámides.

Después de la visita, sinceramente pensamos que el tortuoso, estrecho e inclinado acceso unido al sofocante calor y la insoportable humedad del interior de la pirámide hacen que no merezca la pena el esfuerzo para ver únicamente las dos pequeñas cámaras abiertas al público en las que sólo encontramos un enorme sarcófago de granito. Mas aún si no tenemos una forma física mínima.

Una vez recuperados de la pequeña paliza que supuso el acceder a las entrañas de Mikerinos, continuamos disfrutando del histórico paseo por el recinto de Giza que nos llevó hasta la famosa esfinge de Gizeh, perteneciente al conjunto funerario del faraón Kefren al que representa en la esfinge con cuerpo de león. La misión para la que fue construida, a día de hoy sigue siendo una incógnita, se cree que protegía a las pirámides del mundo de los vivos... Su tamaño, aunque significativo, 20 m. de altura y 73 m de largo, nos pareció más pequeño de lo que imaginábamos. Quizá al estar junto a las enormes pirámides, todo y todos parecemos más insignificantes. Pero ni el tamaño, ni su deficiente estado de conservación, quitaban belleza al que podríamos considerar el icono más representativo de El Cairo.

La calurosa mañana transcurría lentamente mientras seguíamos disfrutando de la visión de estos magníficos colosos constructivos. Afortunadamente, como todavía era pronto, la visita pudimos realizarla sin los agobios de gente que un par de horas más tarde eran habituales.

Una cosa que estando en Giza llama mucho la atención, aunque se ha escrito mucho sobre ello, es la dificultad que tuvo que suponer para la gente de la época el transportar los materiales, grandes bloques de granito, y ejecutar semejantes edificaciones con los medios que disponían en la época. Hasta que no te encuentras a los pies de las pirámides, no te planteas poner en duda que la maravilla que éstas viendo sea obra "sólo" de los egipcios.

Los arquitectos actuales reconocen que ejecutar unas edificaciones tan grandes con las precisión que están realizadas (la base de Keops esta compuesta por cuatro lados de 230 m. cada uno, en los que la mayor diferencia no sobrepasa los 4 centímetros), sería imposible de realizar hoy en día incluso con todos los adelantos técnicos de los que disponemos.

Esto da que pensar y, aunque cada uno es muy libre de creer en la existencia o no de extraterrestres, viendo las pirámides y teniendo en cuenta que cada piedra pesa más de dos toneladas, que se calcula que hay más de dos millones de piedras y valorando la época en la que se construyeron, no nos extraña que haya escritores y analistas que crean firmemente en que las pirámides fueran construidas por extraterrestres o que, al menos, colaboraron en su ejecución.

Los que si son "terrestres" son de nuevo los "buscavidas" que te persiguen por todo el recinto, montados en camello y ataviados con la típica chilaba, para que te hagas una foto con ellos, en principio dicen que es de forma gratuita y desinteresada, claro... Pero una vez aceptas, después de llevar un cuarto de hora esquivándolos con mil excusas, y tu mujer te hace la foto de rigor, empiezan las discusiones. Comienzan a pedir dinero, tabaco y, por supuesto, hasta que no les das algo no te dejan en paz, lo cual para cualquier persona no acostumbrada a este tipo de situaciones resulta bastante molesto.

No deja de ser pintoresco, pero considero que su picaresca forma de actuar surtiría mas efecto si directamente se organizaran y se "ofrecieran" a los turistas diciendo, por ejemplo; "hágase una fotografía montado conmigo en el camello y con las pirámides al fondo por tres libras"... Y no persiguiéndoles, acosándoles e intentándoles engañar.

Sinceramente yo, ejerciendo de turista, hubiese pagado más de una fotografía si me lo hubieran dicho directamente. Pero ese planteamiento tan "comercial" como yo sugería no encaja en la forma de ser de los singulares egipcios. Reconozco que es cierto y, como comprobamos personalmente, no les gusta dejar nada claro desde un principio, y prefieren lo farragoso de la negociación y el constante intento de pseudo-engaño que se vive en los mercados y bazares.

Una vez finalizada la visita en la monumental Giza y después de aprovisionarnos de abundante agua, nos dirigimos hacia el sur, a Saqqara, necrópolis real de Menphis (la que fuera capital del Imperio Antiguo, antes de Giza), donde seguiríamos contemplando construcciones funerarias, pero en este caso, mas antiguas que Keops, Kefren y Mikerinos.

Fuimos recogidos por nuestro taxista y, en su destartalado vehículo,  por supuesto sin aire acondicionado, recorrimos los aproximadamente 40 kilómetros que nos separaban de nuestro destino, Saqqara.

Allí visitamos la mayor necrópolis del país, donde el faraón Zoser de la III Dinastía, edificó entorno al año 2.630 a.c., la primera pirámide en la historia egipcia, hoy conocida como la Pirámide Escalonada y considerada la estructura en piedra, de sus dimensiones, más antigua del mundo.

La singular forma de la pirámide se debe a que el monumento se inició como una tumba-mastaba, siguiendo con ello la tradición establecida en Saqqara y, sin conocerse el motivo, llegó un momento en que decidieron construir una mastaba encima de la otra, dando lugar a la pirámide de seis escalones.

Además de la famosa pirámide escalonada, en la inmensa necrópolis de Saqqara se pudimos visitar otras pirámides y mastabas entre las que destacaba la mastaba de Ti. En algunas fuimos encontrando pinturas y bajo relieves dignos de ser contemplados. Destacan igualmente las galerías sepulcrales de los toros sagrados Apis.

Como anécdota curiosa y para que antes de volver a quejarnos de nuestros trabajos lo pensemos dos veces, comentaremos que en pleno desierto (rodeados de arena por todas partes), cuando nos acercábamos a una de las mastabas (sinceramente no recuerdo cual era de las tres o cuatro que vimos en el recinto), a pocos metros de la puerta, insistimos, rodeados de arena por todas partes había un único escalón de mármol en muchos metros a la redonda que salvaba un pequeño desnivel del terreno.

Pues bien, cuando estábamos apunto de llegar a él, no sabemos de donde, apareció de repente un señor con una escoba, que se puso a barrerlo... ¡a barrer un escalón en el desierto!, en el momento justo en que nosotros íbamos a pisarlo. Esperamos los 20 segundos que tardó en realizar tan pintoresca maniobra, lo pisamos (limpio, eso si) y continuamos andando hasta la puerta de la mastaba.

Tras nuestra visita, como el camino de vuelta era el mismo, al acercarnos otra vez al escalón, el buen hombre estaba ya preparado junto a él con su escoba para barrerlo justo antes de que lo pisáramos; ni que decir tiene que tuvimos que esperar otros 20 segundos a que lo dejara resplandeciente y le dimos una pequeña propina, no por la calidad del trabajo realizado pero si por lo sorprendente del mismo.

Cuando salíamos de Sakkara con destino a Dahshur, pudimos ver un pequeño emplazamiento militar en las cercanías de la necrópolis que nos llamó mucho la atención porque también se encontraba en medio del desierto con la pirámide escalonada de Zoser de fondo.

La siguiente parada era Dahshur que se encuentra a unos 65 km. del Cairo. Allí pudimos ver la pirámide roja y la pirámide romboidal o combada (que es la primera pirámide con la forma "más o menos clásica" que se conoce, también suma de una mastaba y una pirámide). Ambas tienen poco más de 4.500 años da antigüedad y se construyeron después de la pirámide escalonada de Zoser y antes que las de Giza.

Finalizada nuestra visita a Dahshur, de camino a El Cairo y como colofón del día, visitamos Menphis. Fundada en el año 2.900 a.c. y ahora desaparecida casi por completo, llegó a ser uno de los centros administrativos más importantes del país y la capital del Imperio Antiguo. Su decadencia comenzó con la construcción de Alejandría en el 332 A.C.

Fue uno de los lugares más poblados y prestigiosos de Egipto. Los templos de la ciudad se encontraban entre los más importantes del país, y su puerto y sus talleres locales tuvieron un papel muy importante en el comercio exterior. Aunque a día de hoy no existan restos que permitan hacernos una idea de la importancia que tuvo, aunque sólo sea por contemplar el museo, merece la pena la visita.

En el museo contemplamos los restos encontrados en las excavaciones realizadas en Menphis a finales del s. XIX entre los que destacaban:

  •  La impresionante escultura del coloso de Ramses II, realizada en piedra silícea. Está en posición tumbada, tiene las piernas rotas y aún así mide más de diez metros de longitud. Existe otro coloso, realizado en granito rosa, que se encontró próximo a éste y que actualmente se puede ver en la plaza Ramses de El Cairo.

  • Una esfinge de alabastro de 4,25m de altura ,que se supone de Amenofis II.

A las 17 horas, una vez finalizada la sesión de "turismo cultural" que nos habíamos auto-programado para ese caluroso día, regresamos a nuestro cómodo hotel, donde pudimos disfrutar, tumbados en la majestuosa piscina con las famosas pirámides como paisaje, del "turismo relax" que en estas ocasiones también se agradece. Tras no pocos baños y un par de horas de la relajación en una hamaca, nos adecentamos y fuimos a cenar a uno de los numerosos restaurantes que había en la zona.  

Al día siguiente, como conviene aprovechar las primeras horas del día, nos levantamos pronto y una vez llenamos de "combustible" el cuerpo con un energético desayuno en el hotel, fuimos en busca de nuestro taxista, con el que habíamos quedado el día anterior en una glorieta próxima al hotel a las ocho de la mañana -en la puerta del mismo siempre había dos o tres taxis esperando recoger clientes y nos parecía poco ético que nos recogiera allí-.

Como ya hemos indicado, el día anterior acordamos con nuestro amigo taxista un precio y unos recorridos muy claros y concisos a efectuar durante nuestra corta estancia en El Cairo (todo el mundo te lo recomienda y todo el mundo te dice que aunque se haya pactado una cantidad, no te extrañes si al final hay discrepancias con la cantidad acordada o el taxista te reclama además del importe pactado, una propina adicional, que probablemente la merezca, pero en ese caso el darla o no depende siempre del cliente y no del taxista...). Este segundo, y último día, el acuerdo al que habíamos llegado era visitar el Museo Egipcio, la Ciudadela de Saladino, el bazar de Khan al Khalili y regresar a nuestro hotel, distante 16 kilómetros del centro. Empezaba nuestro día.

El Cairo es la capital de Egipto y la mayor ciudad de África y Oriente Medio. Sus más de dieciséis millones de habitantes unidos a la ausencia de semáforos en las calles (debe haber cinco en toda la ciudad) convierten a esta metrópoli en un caos continuo donde la gran contaminación acústica y atmosférica (allí los vehículos tocan el claxon sistemática y constantemente) hacen inolvidable cualquier recorrido por ella.  

Gracias a la pericia de nuestro conductor, en poco más de media hora de estresante y bullicioso recorrido en taxi, nos encontrábamos en Tahrir Square, junto a la puerta del famoso Museo Egipcio en el que se almacenaban o mejor dicho; se amontonaban desordenadamente y con poca o ninguna explicación de lo allí expuesto, más de cien mil piezas de todos los periodos del Antiguo Egipto.

Nos habían recomendado llegar muy pronto para poder ver el museo con una cierta comodidad porque en determinadas zonas, por a la cantidad de piezas que tienen colocadas, el espacio para moverse entre ellas no es muy grande y si hay mucho público, resulta muy incomodo de ver.

Así que como nos sobraba tiempo hasta que abrieran la taquilla, aún pudimos dar una vuelta por los alrededores disfrutando de lo pintoresco que resultaban el tráfico, el ruido y la gente.

Ya en la taquilla, además de abonar la entrada, por cierto nada barata comparándola con el nivel de vida de allí, tuvimos que pagar "otra entrada" para la cámara fotográfica; de hecho, en todos los museos, necrópolis y demás que entramos, nos ocurrió lo mismo.

Si en vez de llevar una cámara fotográfica, intentabas entrar con una de video, te resultaba mucho más rentable comprarte un DVD sobre Egipto, o de una visita virtual al museo, porque lo que cobraban por entrar con ella era un precio tremendamente desorbitado (creemos recordar que diez veces la cantidad exigida por la cámara de fotografía); eso si, previo pago, siempre podías dejarla en la consigna.

Una vez finalizados los curiosos trámites de la entrada, registro de bolsos y mochilas incluido, accedimos con emoción al famosísimo "Almacén-Museo Egipcio". La primera sensación fue de tremenda decepción. En la planta baja, en la que se hallan las piezas de mayor tamaño, se encuentran "amontonadas" con una disposición caótica (similar al tráfico de la ciudad), prácticamente sin espacio físico para disfrutar de ellas y como ya hemos indicado, la mayoría, sin rótulo explicativo.

Las condiciones en las que se encuentran la mayoría de los restos expuestos te hacen temer por su integridad y mantenimiento; los sarcófagos de madera policromada, que durante 4.000 años han aguantado perfectamente sometidos en su aislamiento las mismas condiciones de humedad y temperatura, aquí se encuentran apilados, en unas grandes urnas de cristal, sin control higrométrico alguno. De igual manera se encuentran "protegidos" la mayoría de los populares pergaminos de la cultura egipcia, metidos en pequeñas urnas o simplemente bajo la protección de un destartalado cristal.

La planta superior se dedica casi en exclusiva a exponer la "joya de la corona": los mas de 1.700 objetos que componen el fabuloso tesoro encontrado en la tumba de Tutankhamon, descubierta en 1922 por Howard Carter.

En ella, tras esperar cola (eso que habíamos madrugado), pudimos acceder a una sala muy poco iluminada, no sabemos si para potenciar la grandiosidad de las piezas o simplemente para impedir que se hicieran fotografías, donde se encontraba la famosa máscara de oro macizo y los sarcófagos del joven faraón.

También se podía entrar, previo pago de una entrada adicional del doble del importe que ya habíamos abonado para entrar al museo, a la sala de las momias reales, que no dudamos de que fuera muy interesante, pero ya comenzábamos a estar un poco hartos de pagar tanto dinero por todo y decidimos posponer la visita a otro futuro viaje a El Cairo. Así pues, con nuestra deuda contraída con la sala de las momias, dimos por concluida la visita al Museo Egipcio.

Es una visita obligada en El Cairo y siempre merece la pena, aunque a esa visita debamos llevar otra mentalidad; no estamos visitando algún museo europeo. Y aunque nuestros comentarios sobre el museo sean bastante críticos, os recordamos que esta primera visita la hicimos en el año 2.000 y sabemos que posteriormente han realizado mejoras en él.

Para finalizar, un dato simpático que ilustra un poco la "picaresca" del egipcio. Dentro del Museo está terminantemente prohibido hacer fotografías con flash, aunque algunos guardas del museo, a cambio de una propina, son los primeros que te animan a saltarte la prohibición e incluso te avisan de cuando no viene nadie para realizar la "ilegal fotografía" tranquilamente. Debe ser que el flash, con propina previa, no perjudica las obras de arte. 

¡Se nos olvidaba!, si tenéis especial interés por alguna pieza concreta del arte del Antiguo Egipto (en nuestro caso era la Piedra Rosetta), antes de buscarla como desesperados por todo el museo, que ya de por sí es bastante difícil encontrar cualquier cosa que realmente esté allí, consultar en la página web del Museo Británico no vaya a ser que lo que busquéis esté en Londres en lugar de en El Cairo...

Una vez finalizada la visita al museo, y siguiendo el itinerario previsto, nuestro taxi nos trasladó hasta la Ciudadela de Saladino, fortaleza medieval construida en el siglo XII d.c. que está situada sobre una colina que domina El Cairo. Dentro de sus murallas encontramos varios museos y mezquitas de entre las que destacaba por su espectacularidad la Mezquita de Mohamed Ali que fue edificada a mediados del siglo XIX. Recibe popularmente el sobrenombre de Mezquita de Alabastro, por ser este material el utilizado mayoritariamente en su majestuoso revestimiento.

No hay que olvidar, si tenemos pensado hacer visitas turísticas en El Cairo, que para entrar en las mezquitas las mujeres no deben llevar los hombros al descubierto, ni faldas o pantalones cortos. En la Mezquita de Mohamed Ali, si no has tenido en cuenta este aspecto a la hora de elegir el vestuario ese día (lógico por otra parte si se viaja en verano ya que la temperatura no invita a taparse mucho), alquilan unas capas que cubren todas esas partes del cuerpo que deben estar tapadas. No está demás llevar calcetines ya que, como sabéis, hay que descalzarse para entrar en las mezquitas y por nuestra "seguridad higiénica" es recomendable llevar una "protección adecuada" en los pies.

Después de la interesante visita al interior de la Mezquita de Mohamed Ali, pudimos disfrutar desde las murallas de la Ciudadela de una vista panorámica de la singular ciudad en la que destacaba, en un primer plano, la gigantesca mezquita de Sultán Hassans y detrás de una espesa capa de contaminación, se perfilaban, en el horizonte, las famosas pirámides de Giza.

Finalizadas las dos visitas culturales previstas en el día, buceando en la historia y el arte Egipcios, le tocaba el turno a algo más lúdico... según lo acordado, nuestro taxista nos llevó al gran bazar Khan al Khalili y aquí comenzaron los problemas.

Por lo que entendimos en un medio inglés-árabe que hablaba, pretendía dejarnos allí e irse sin llevarnos de vuelta la hotel que era lo acordado esa misma mañana. Por lo visto, no había ninguna zona donde aparcar y esperarnos hasta que acabásemos nuestra visita al bazar. Hasta ese punto, nos pareció justo. Le dijimos que no había problema, que de la cantidad que teníamos pactada le descontábamos lo que nos costaría un taxi desde allí hasta nuestro hotel y que le abonaríamos el resto... En ese momento comenzaron los problemas. El pretendía cobrarnos todo, aunque por decisión propia no nos llevara de vuelta al hotel, y nosotros no teníamos intención de hacerlo, así que se inició una acalorada discusión tri-lingue árabe-inglés-español a gritos, mientras permanecíamos parados en una de las grandes avenidas que limitan con el famoso bazar, entorpeciendo el ya de por si denso tráfico de la ciudad.

Todo acabó pagándole algo menos de lo acordado y confirmando mi teoría de que les encanta la discusión y el regateo farragoso.  El problema no era el dinero, de hecho pensábamos haberle dado una buena propina, sino la sensación de engaño que te va quedando.

Bueno, tras la discusión con nuestro taxista y una parada de necesario avituallamiento en un bar cercano, comenzó nuestra visita por uno de los bazares más celebres de Oriente: Khan al Khalili.

Durante un par de horas nos perdimos en los laberintos de sus estrechas calles, contemplando infinidad de tiendas que una pegada a la otra, ofrecían al visitante multitud de recuerdos: camisetas, alfombras, sedas, joyas, tabaco egipcio, pipas de agua, orfebrería, tapices, papiros, perfumes, especias, bordados y reproducciones, hechas en todo tipo de materiales, de los monumentos, emblemas e iconos más famosos de Egipto.

En una determinada zona del gran bazar, se vendía género para los "lugareños": comida, bebida, ropa, complementos... nosotros fuimos horas antes pero, es recomendable ir al atardecer porque es cuando más animación tiene. A partir de que el sol se pone, las temperaturas hacen más soportable pasear por entre sus serpenteantes calles y la afluencia de gente, tanto turistas como lugareños, es mucho mayor.

Es recomendable armarse de paciencia (en estos casos, lo siento pero yo carezco de ella) ya que el turista es acosado por los vendedores que intentan a toda costa que entre en sus tiendas y compre sus mercancías. Si no hablas inglés o árabe no te preocupes, en Khan al Khalili los idiomas no son imprescindibles, todos te entienden hablando y expresándose con movimientos de brazos, cabeza, manos o simplemente gesticulando y, siempre, con una calculadora en la mano para marcar el "último precio".

Quizá lo más llamativo es que no hay precios fijos en los artículos, todo se regatea y, aunque son verdaderos profesionales en el arte del embaucamiento, se puede llegar a comprar un objeto por la décima parte de lo que inicialmente pedían por él. Pero no nos engañemos ni nos vayamos con mala conciencia creyendo que hemos engañado al pobre comerciante, seguro que la "operación" aunque a un precio muy inferior al ofertado inicialmente, ha sido rentable para él... son grandes comerciantes.

Además de realizando las tradicionales compras turísticas de objetos que habitualmente son innecesarios y los pertinentes regalos para amigos, familia y allegados, en Khan al Khalili se pude pasar un buen rato tomando algo y fumando unas "chichas" (pipas de agua) en alguno de sus pintorescos cafés. El más famoso quizá sea el Café Fishawi, pero sentado en cualquiera de ellos podremos disfrutar del ambiente que envuelve este lugar.

No hemos comentado nada hasta el momento de la seguridad en El Cairo, y quizá no lo hemos hecho porque en ningún momento tuvimos sensación de inseguridad. El gobierno egipcio, consciente de la importante fuente de ingresos que supone el turismo para el país, se ocupa de que haya una presencia policial suficiente en las calles para que la seguridad del turista quede garantizada. Además de las garitas en las que había dos policías armados con ametralladoras y que estaban repartidas por todo El Cairo, era habitual ver en cada esquina, con su uniforme blanco y una cinta azul identificativa en el brazo, un miembro de la Policía Turística que, sinceramente, en caso de que hubiese surgido un problema, no sabemos la capacidad de resolución que tendrían estos policías (creemos recordar que no iban armados), pero sólo su presencia, al menos a nosotros nos pasaba, infundía una cierta tranquilidad.

Finalizada nuestra corta visita al Gran Bazar, negociamos con un taxista el precio para que nos llevara de regreso a nuestro lujoso hotel de Giza y una vez nos hubimos cambiado la ropa de "paseo" por el oportuno traje de baño, toalla en mano nos dirigimos a la piscina con la intención de hacer buen uso de ella durante un par de horas. Una cena en un restaurante cercano al hotel y un reparador y necesario sueño nos llevarían hasta la mañana siguiente en la que a primera hora, tras el suculento desayuno tipo buffet que servía el hotel, fuimos trasladados hasta el aeropuerto internacional de El Cairo, desde donde volaríamos hasta Sharm el Sheik, en el sur de la Península del Sinaí, nuestro siguiente destino.