Llegamos de noche a Kota Kinabalu, en su tiempo conocida como Api Api (fuego, fuego) por la costumbre que tenían los piratas de incendiarla. En el mismo hall del aeropuerto nos estaban esperando para llevarnos al magnífico, lujoso y comodísimo hotel Shangri-la Tanjung Aru, del que hicimos buen uso después del largo día de desplazamientos que llevábamos en todo tipo de vehículos.

Solicitamos el desayuno en la habitación no por "snobismo", simplemente porque a la hora que nos vendrían a recoger al día siguiente, no estaría abierto todavía el comedor.

Después de un completísimo desayuno "continental", bajamos a recepción donde nuevamente nos recogieron y nos trasladaron al aeropuerto. Se nos presentaba también un día "movidito"...

Volamos hasta la antigua capital de Sabah, Sandakan, desde donde nos desplazamos en furgoneta al santuario y centro de rehabilitación de orangutanes de Sepilok, regresamos a comer a Sandakan, realizamos una serie de curiosas visitas por la tarde y volvimos a última hora a Kota Kinabalu a cenar y dormir para a la mañana siguiente, desde allí, comenzar el último capítulo del viaje que nos llevaría hasta la isla de Sipadán.

Cuando aterrizamos en el pequeño aeropuerto de Sandakan, nuestro guía ya estaba esperándonos con una pareja de singulares japoneses que serían nuestros compañeros durante las excursiones de todo el día.

Montamos en una cómoda furgoneta perfectamente climatizada, muy de agradecer ya que el calor allí, al igual que en Kuala Lumpur, era sofocante y tomamos rumbo hacia Sepilok.

Una vez cubiertos los 24 km. que nos separaban de nuestro primer destino, llegamos al Santuario de Orangutanes. El complejo dispone de una serie de cabañas de madera. En una de ellas, nos recibieron y junto a un grupo bastante numeroso de asiáticos, nos proyectaron un video en el que describían la labor que esta organización está realizando en el centro.

En resumen, se dedican a recoger los orangutanes, animales en grave peligro de extinción, que por cualquier circunstancia están enfermos, perdidos, huérfanos, abandonados por sus dueños o se encuentran heridos víctimas de los cazadores furtivos. En el centro de rehabilitación se les acoge, se les cura y una vez recuperados, si pueden valerse por si mismos, se les intenta devolver a su medio natural.

Una vez finalizada la explicación, nos acompañaron hasta el camino que conducía al interior de la zona del santuario abierta al público. A través de la jungla, por un puente de madera de muy poca altura, llegamos hasta una gran plataforma tipo mirador desde la cual nos dijeron que podríamos ver cómo alimentaban a los orangutanes.

Los cuidadores del centro de rehabilitación, aparecieron con unas cajas con plátanos y unos cubos con leche, que repartieron en unas pequeñas plataformas preparadas a modo de comederos, en los árboles cercanos a donde nos encontrábamos. Transcurridos unos minutos, comenzaron a aparecer algunos orangutanes que se iban acercando lentamente hasta donde les habían dejado la comida.

El "espectáculo" que allí se podía observar era muy similar al que se puede contemplar en cualquier zoológico: animales comiendo, con cara de indiferencia, ante la multitud de asiáticos (los únicos europeos que estábamos en ese momento allí éramos Teresa y yo).

Aunque a nosotros, sinceramente, no nos pareció en absoluto atractiva la exhibición, debemos tener en cuenta que gracias a estas visitas que brindan a los turistas que se acercan a Sepilok, pueden mantener las instalaciones y los diferentes proyectos de rehabilitación y conservación que están realizando con los orangutanes.

Una vez los primates dieron por finalizada su "hora del aperitivo", desaparecieron lentamente de las plataformas y regresaron hacía el interior de la jungla a salvo de las curiosas miradas de los visitantes que allí estábamos.

El camino de salida también nos llevó, a través de un camino de madera ligeramente elevado, sobre la jungla. Como interesante despedida pudimos contemplar, además de algún curioso orangután que llegaba con retraso al festín, singulares insectos, extraños pájaros, llamativas plantas y una gran víbora que se encontraba junto al camino logrando incomodar a parte del grupo.

Regresamos a Sandakan donde teníamos la comida reservada en el restaurante de un céntrico hotel de la localidad. Compartimos mesa con nuestros singulares compañeros de viaje japoneses y hasta la hora que tenia previsto recogernos nuestro guía local para continuar las visitas contratadas, decidimos dar una vuelta por los alrededores y entrar en uno de sus mercados.

Los vendedores locales nos miraban sorprendidos y entre sonrisas (yo creo que fuimos los primeros occidentales que entrábamos en su mercado en mucho tiempo) nos ofrecían muy educada y amablemente todo tipo singulares productos. Todavía impregnados del color, olor y sonido tan peculiar de su mercado, nos reunimos con nuestro guía.

Nuevamente con la pareja de japoneses, el guía y el conductor, montamos en la furgoneta perfectamente refrigerada y nos acercamos a visitar un poblado de pescadores formado por numerosas casas de madera tipo palafito, construidas unas pegadas a las otras.

Viendo la falta de infraestructuras y la fragilidad de las construcciones, realizadas en madera a escasos dos metros por encima del mar, entendimos perfectamente por qué, cuando hay una catástrofe natural como un terremoto, temporal, riada o tsunami (como el que asoló el Índico en diciembre de 2004) estos pueblos sufren unos daños tan increíbles.

En contra de lo que pudiéramos pensar, la gente que allí nos encontramos se veía feliz. Los niños jugaban cerca de las casas, junto a la basura que flotaba traída por la marea, igual que lo haría cualquier niño europeo en un parque cercano a su lujosa vivienda (por muy austera que sea la vivienda en la que pensemos, comparado con las del poblado de pescadores de Sandakan, es lujosísima).

Imaginamos que la razón principal de vivir en este tipo de alojamiento tan cerca del mar, concretamente sobre él (aparte de la económica), es la comodidad que tienen para acceder a su "puesto de trabajo". Bajo cada casa encontrábamos varias barcas que son las que utilizan las familias para salir a pescar todos los días. En las grandes ciudades, nos quejamos de los atascos que soportamos hasta llegar a nuestros puestos de trabajo, los pescadores de Sandakan tienen muchísimos otros problemas, pero éste, concretamente, no.

En el tiempo que estuvimos caminando por este "barrio" nos cruzamos con bastante gente. Saludábamos con respeto y nos devolvían el saludo junto con una sonrisa. Pienso que para ellos éramos la novedad y les resultaba chocante que unos occidentales estuvieran paseando por allí.

Para nosotros, además de una singular experiencia, fue sobre todo una cura de humildad que nos hizo valorar mas si cabe aún la calidad de vida de la que, por suerte, disfrutamos en nuestro país.

La última visita prevista para ese día era el templo budista Puh Jih Syh, situado en lo alto de la ciudad; lo llamaban Las Puertas del Cielo. Pudimos verlo sólo por fuera, ya que en su interior se encontraban un grupo de monjes llevando a cabo una celebración y, por supuesto, no quisimos molestar con nuestra presencia. Tanto la situación del templo, como los alrededores exquisitamente ajardinados, invitaban a sentirse un poco más cerca de Dios (sea el que sea).

Nuestra visita a Sandakan llegaba a su fin, pero antes de la partida y como todavía disponíamos de más de dos horas para coger nuestro avión, el guía nos preguntó si teníamos especial interés por visitar algún sitio en concreto de camino al aeropuerto.

A nosotros, sinceramente, nos daba exactamente igual... todo lo que estábamos viendo era una novedad. Sin embargo la japonesa, con una educación exquisita, nos preguntó si teníamos inconveniente en pasar por el cementerio de la localidad. Le dijimos que por nuestra parte no había problema pero debió ver que nos extrañábamos por lo inusual de la proposición y enseguida nos contó que su marido era escritor y tenia especial interés en visitarlo porque allí se encontraban enterrados soldados japoneses caídos en la Segunda Guerra Mundial, y parece ser que estaba documentándose para algún libro.

Para nosotros era otra novedad y además, pedido con la delicadeza que hacen las cosas los nipones, aunque no nos hubiera apetecido, creo que no nos habríamos atrevido a negarnos. Vivimos una nueva experiencia y, gracias a nuestros compañeros de viaje, cultural y bien documentada.

Nos despedimos del guía, del conductor y como no, de la pareja de japoneses que nos dieron hasta cinco veces las gracias por haber ido al cementerio, y volamos hasta Kota Kinabalu.

Una vez allí, el transfer nos recogió y nos llevó a nuestro lujoso hotel; esa noche mas lujoso aún si cabe después de ver las casas de los pescadores de Sandakan. Ellos no disponían de agua corriente y nosotros podíamos elegir entre bañera o ducha de hidromasaje.

Cenamos en uno de los restaurantes del hotel y otro día más, destrozados, nos acostamos pronto sabiendo que a la mañana siguiente, como no, teníamos que madrugar.

Nuevamente desayunamos en la habitación, insisto no por snobismo sino porque a las cinco de la mañana no tenían abierto el restaurante, y camino al aeropuerto para coger el vuelo que nos llevaría a Tawau desde donde continuaríamos viaje por carretera hasta Semporna y de ahí a Sipadán, nuestro destino final, en lancha rápida.