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Con más de un millón de
habitantes, la cosmopolita Kuala Lumpur es la capital federal de Malasia.
Como aficionados a los deportes del motor, conocíamos K.L. porque en las
proximidades se encuentra el circuito de Sepang, que acoge la Formula 1 y el
G.P. de Malasia de motociclismo. Con esa
referencia y sabiendo únicamente que allí estaba el edificio más alto del mundo
hasta esa fecha, las Torres Petronas (como dato curioso aparecen en la película
La Trampa, protagonizada por Sean Connery y Catherine
Zeta-Jones), nos pusimos calzado y ropa cómodos, nos colgamos la cámara de fotos al hombro y
empezamos a ver mundo...
La primera
impresión, cuando salimos del lujoso hotel Capitol situado en el centro de K.L. y
comenzamos a andar por amplias avenidas flanqueadas por impresionantes
edificios de oficinas, era la de no estar en Asia, al
menos no en el "Asia" que nosotros esperábamos.
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Muchos
edificios de oficinas en construcción, mucho
cristal, mucho mármol... en definitiva; mucho nivel económico. Allí estaban
representados la mayoría de los bancos y multinacionales importantes del
mundo.
Plano en mano,
íbamos avanzando por las arterias principales de esta moderna, ordenada y
limpia ciudad cuando,
al doblar una esquina, aparecieron al fondo, majestuosas, las famosas Torres Petronas.
Imagino que debido a la cantidad de televisión que hemos visto, cada día
cuesta más trabajo que algo nos sorprenda y en parte algo así nos sucedió
con las torres.
Reconozco que desde lejos eran bastante
llamativas, se veían grandes (cierto es que sobresalían
mucho por encima del resto de
los edificios), pero recuerdo que desde esa distancia "tampoco
impresionaban
tanto". |
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Esta
apreciación cambiaba según nos íbamos acercando y comprobábamos que ese "monstruo"
realmente era enorme. Entramos en el hall del edificio, donde hay una seguridad digna del
banco de España y, debido al horario (o al menos eso entendimos) no
nos permitieron subir, así que nos vimos obligados a disfrutar
únicamente
de la vista exterior a "cota cero" de las
torres y de su entorno. |
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Continuamos
nuestro camino hasta la oficina de turismo. Allí nos informamos de donde
podríamos ver el K.L. auténtico, ya que lo visto hasta ahora era demasiado
"europeo", no era lo que esperábamos.
Queríamos ver sus
mercados, sus tiendas, sus bares, sus
habitantes del día a día, sus calles... y, con el dedo, nos
lo indicaron en el plano: Chinatown y sus alrededores; todas las
ciudades del mundo lo tienen, y K.L. no podía ser menos...
Siguiendo las
indicaciones del responsable de la oficina de turismo y
caminando por una de las amplias y ordenadas avenidas, llegamos hasta la Mezquita de Masjid Jame
situada entre los ríos Kelang y Gombak; continuamos con nuestro tour y
al girar una esquina (la ciudad de las sorpresas a la vuelta de la esquina)
apareció ante nosotros lo que andábamos buscando: bullicio, coches pitando,
peatones cruzando por sitios inadecuados,... se acabó el lujo constructivo,
llegó el descontrol urbanístico, el desorden, el caos... |
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Como era lógico, no todo podía ser tan
limpio, ordenado y perfecto...
Habíamos llegado al
verdadero corazón de K.L.: Chinatown,
donde un ejecutivo de una prestigiosa multinacional, vestido con traje y corbata
puede compartir "mesa, mantel, sopa,
pollo y taburete" con
un humilde vendedor ambulante de frutas o un limpiabotas. |
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Comenzamos a callejear y fuimos descubriendo la variedad comercial de
este singular barrio. Entramos en su mercado central donde vendían
carnes, pescados, frutas, hortalizas... por supuesto "sin cumplir" las
directrices lógicas que un europeo tiene de lo que es la conservación
de los alimentos. Las
cámaras frigoríficas, indispensables para las carnes y pescados,
brillaban por su ausencia.
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Las aves vivas, convivían con pescados y carnes
"muertas" listas para su venta. En definitiva,
las condiciones higiénico-sanitarias de lo allí expuesto distaba mucho de lo
que estamos acostumbrados en nuestros pueblos o ciudades (luego nosotros los
"civilizados" no paramos de descubrirnos alergias a pólenes, pelos de
animales, ácaros y demás "mariconadas"). Lo pintoresco que resultaba, entre el bullicio de la gente y
la mezcla de fuertes olores y colores, bien valía la visita. |
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Continuamos
nuestro recorrido por Chinatown y entramos en un pequeño centro comercial
donde podías comprar desde el vestido última moda en Malasia, hasta la
falsificación de cualquier CD de música o programa informático, a precio de
saldo en varias tiendas "ilicitas".
En las fechas en las que
estuvimos,
todavía no estaba extendido el "Top Manta" en España y recuerdo que allí
costaban 4 CD´s de música o de programas informáticos 6 Euros de ahora
-1.000 pts de las de antes- con lo cual era muy atractiva la oferta
"ilegal" que ofrecían.
Aunque
reconozco que la oferta podía resultar enormemente tentadora, como era el comienzo del viaje y llevábamos un
exceso de equipaje importante, decidimos no comprar nada (así de paso, no
infringíamos las leyes sobre derechos de autor). |
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Seguimos
caminando y llegamos a
Jalan Petaling, Jalan
Sultan y Jalan Bandar. Estas calles estaban divididas por
zonas: la zona de los pantalones vaqueros, la de los relojes, la de
las prendas deportivas, la de las gafas de sol, la de los aparatos
electrónicos, la de la música, la de los programas informáticos,...
todo falso por supuesto, aquí se realiza un buen porcentaje de las
copias ilegales que se comercializan en el mundo "civilizado"; todo a
un precio increíble y vendido en puestos callejeros perfectamente
alineados y organizados, que se entremezclaban con tiendas al uso.
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Pero siguiendo las directrices que nos habíamos impuesto, con
nuestro exceso de equipaje, no pudimos aprovechar tan dilatada y
atractiva oferta.
Al girar una
esquina, con la vista cansada de ver las copias de nuestros relojes
favoritos a precio de risa, llegamos a la calle de las joyas, donde
encontramos a derecha e izquierda de la misma enormes joyerías, una junto
a la otra, que eran características primero, por la cantidad de género del
que disponían; segundo, por el buen precio del mismo; tercero, por el número
de tiendas iguales que convivían en tan poco espacio y cuarto, (lo más
llamativo) porque en la puerta de todas ellas había un lugareño, con ropa de
calle, sentado tranquilamente, con una enorme escopeta o pistolón, en la
mano...
Unos agentes de seguridad, un tanto singulares, que imponían mucho
respeto no sólo a los posibles amigos de lo ajeno, sino a los mismos
viandantes que curioseábamos en los escaparates de las
llamativas tiendas.
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Como colofón
de la visita a tan singular barrio, llegamos a una zona donde a
ambos lados de la calle se hacinaban infinidad de
puestos de frutas, verduras, legumbres y hortalizas; lugar habitual de
aprovisionamiento de los allí residentes, que dieron el último
toque de color y olor a nuestra extensa e interesante visita a Chinatown.
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Aunque la
temperatura, la humedad y el cansancio tras seis horas de intenso paseo
andando por Kuala Lumpur, hacían mella en nuestros cuerpos, decidimos
aguantar un poco más, con el fin de adaptarnos al horario local desde el
primer día. Así pues, en lugar de coger un transporte desde donde nos
encontrábamos hasta nuestro hotel, como hubiera sido lógico, decidimos
regresar también caminando. Guiados por el plano de la ciudad que nos habían
facilitado en la oficina de turismo, pudimos seguir comprobando lo variado y
pintoresco que resulta esta lejana capital y entre la visión de singulares
viviendas, parques, oficinas en construcción, mezquitas, grandes avenidas y
el sonido ensordecedor de los aparatos de aire acondicionado, pasamos las dos
horas que aún tardaríamos en llegar totalmente "derrotados" a nuestro cómodo
hotel donde, después de una merecidísima ducha y cena, caímos inconscientes en
la cama hasta la mañana siguiente que, muy temprano y tras un nutritivo
desayuno continental, nos recogerían para
comenzar la segunda parte del viaje que nos llevaría a Taman Negara, una
Reserva situada en
el interior de la jungla, donde permanecimos tres días
disfrutando de un directísimo contacto con la fauna y flora local.
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