En Diciembre de 1998, aprovechando nuestro viaje de novios, estuvimos buscando un destino que cumpliera con las siguientes premisas:

Un buen buceo en esa época del año, una extensión terrestre en la que se pudiera estar en contacto directo con la naturaleza (casándote con una bióloga ya se sabe, no sólo de peces vive el biólogo...) y por supuesto, que se ajustara a nuestro presupuesto.

Tras varias opciones barajadas, al final nos decidimos por Malasia. El viaje se desarrollaría de la siguiente forma: pasaríamos un día en la capital, Kuala Lumpur; tres días en la reserva de Taman Negara (en plena jungla disfrutando de naturaleza salvaje); dos días en la isla de Borneo, durmiendo concretamente en Kota Kinabalu y desde allí visitando una reserva de orangutanes (Sepilok - nada recomendable-) y Sandakan; y finalmente nueve días en la isla de Sipadán, buceando entre tiburones y tortugas.

De hecho a mí, que soy un enamorado de los escualos, lo que más me animó a que eligiéramos este exótico y lejano destino, fue que nos garantizaron bucear con tiburones todos los días...

Definir con dos palabras cualquier lugar, por pequeño que sea, resulta bastante complicado, con Sipadán sin embargo es muy sencillo: tiburones y tortugas.

EL VIAJE

Salimos del aeropuerto de Barajas dos días después de nuestra boda, en pleno mes de diciembre y, por supuesto, con ropa de verano, ya que a donde nos dirigíamos la temperatura era entorno a 30 grados superior a la que teníamos por esas fechas en Madrid.

En el mostrador de KLM me tocó a mí negociar la facturación del equipaje, ya que la persona que nos atendió era una simpática señorita (mi mujer y yo tenemos un pacto en lo que a facturación de equipajes se refiere: si la persona que nos atiende es chico, la que le sonríe, pone cara de pena y le entretiene para que no vea lo que marca la báscula con todo el equipaje encima, es ella; si la persona que nos atiende es chica, esa labor la realizo yo, con mayor o menor fortuna).

En este caso y aunque el viaje constaba de dos vuelos con compañías diferentes, afortunadamente nos permitieron facturar hasta Kuala Lumpur (K.L. capital de Malasia) con lo que en la escala que hicimos en Amsterdam, "únicamente" llevábamos el equipaje de mano (dos mochilas de tamaño justo para que te permitan llevarlas en cabina, cargadas a tope, y las bolsas de nuestros reguladores. En Amsterdam, después de tres horas de escala, montamos en el avión de la Malasyan Airlines que nos trasladaría hasta K.L., punto de partida de nuestro viaje en Malasia.

Con respecto al vuelo hay poco que comentar, 16 horas en clase turista es mucha tela, aunque tengas pantalla de televisión individual con películas (en inglés), música y videojuegos...

Aunque en 1998, algunas compañías aéreas si dejaban, Malaysian Airlines no tenía permitido fumar en sus vuelos, con lo que para los fumadores como yo, un viaje de esta duración se hace un poco duro. A las 7:30 a.m., hora local, llegamos a la flamante Kuala Lumpur. Estábamos destrozados, hacía 20 horas que habíamos salido de casa, pero teníamos que adaptarnos al nuevo horario, que difería del nuestro en 8 horas.

Nos recomendaron que aunque estuviésemos cansados, no nos fuéramos a dormir y que aguantáramos el mayor tiempo posible despiertos, intentando adaptar cuanto antes nuestro cuerpo al nuevo horario.

Así pues, dejamos las "toneladas" de equipaje en el hotel y andando, que es como se conocen los sitios, nos dispusimos a descubrir K.L.