Estuvimos esperando en la puerta de nuestro hotel, disfrutando del movimiento, ruido, calor, color y olor de la recién amanecida ciudad, a que nos recogiera el encargado de nuestros desplazamientos en K.L., Yoke Kuan, un callado y discreto malayo que en su flamante Mercedes nos trasladó al hotel Istana donde esperaríamos nuevamente junto a unos veinte turistas más, de diversas nacionalidades, el autocar que nos llevaría a un embarcadero situado en Kuala Tembeling, junto al río del mismo nombre, donde cambiaríamos de medio de transporte y, en unas singulares canoas a motor, remontaríamos el cauce hasta llegar a nuestro destino; la Reserva de Taman Negara; con 130 millones de años, la selva tropical más antigua del mundo.

Con un largo día por delante estábamos esperando pacientemente en la recepción del hotel mientras el resto de co-expedicionarios no dejaban de mirarnos con caras de asombro. La verdad es que no nos miraban a nosotros, miraban nuestro equipaje... Los allí presentes llevaban para pasar los tres días que permaneceríamos en la Reserva (algunos estarían sólo un día), una pequeña mochila, los prismáticos en la mano y, a lo sumo, una bolsa con el equipo de fotografía. Sin embargo, como nuestro viaje era tan singular, no íbamos a volver a pasar por nuestro hotel en K.L. y además, en la consigna del aeropuerto no se hacían cargo de nuestros equipos de buceo, nos vimos obligados a "subir a la jungla" con todo nuestro equipaje:

Bolsa de buceo (enorme, con dos equipos completos en su interior, pesaba unos 22 kilos), dos aparatosas bolsas de ropa y enseres (el viaje duraría más de 15 días), el equipo de fotografía de tierra, algún libro, prismáticos y objetos varios en una mochila y otra con la cámara de fotos subacuatica, los focos, computadoras,...

Llegó el autocar, nos acomodamos en la parte trasera del mismo y comenzó un largo viaje que duraría más de tres horas por sinuosas carreteras que nos iban adentrando en dirección norte por los bellos paisajes de la Malasia continental.

Hubo una parada técnica antes de llegar a nuestro siguiente destino, muy de agradecer porque el autocar era incomodísimo y nuestras necesidades fisiológicas, con la deficiente amortiguación del vehículo y la multitud de baches que había en las carreteras, se adelantaban a los horarios previstos.

Además de la incomodidad del viaje, a través de la puerta trasera, donde estábamos nosotros sentados, entraba el agua de la lluvia como "Pedro por su casa" pero bueno, el paisaje merecía la pena ya que atravesamos multitud de pintorescos pueblos y aldeas antes de llegar al embarcadero de Kuala Tembeling, donde teníamos la comida contratada en un "restaurante con magníficas vistas al río" que nos llevaría al interior de la jungla.

Ya era la hora, y nuestro estomago nos pedía algo de alimento. Al menos a mi me lo pidió hasta ver la comida que estaban sirviendo, era menú único y al verlo mi hambre desapareció por completo. Teresa que es menos escrupulosa (yo reconozco que soy un poco "tikis-mikis" con la comida), se comió el pollo en salsa y el arroz que tan mal aspecto tenía, al menos para mi. Yo me limité a tomar un par de plátanos y una coca-cola (una dieta equilibradísima).

Si cara de asombro tenían los turistas que como nosotros iban a pasar unos días a Taman Negara cuando vieron nuestro equipaje (recordemos que había gente que incluso iba un solo día a la Reserva y volvía a K.L.) imaginad que cara puso el "barquero", un malayo delgadito que no mediría más de metro y medio, cuando lo vió e intentó acomodarlo en la canoa (nuestro equipaje pesaba en conjunto aproximadamente el doble que él).

Aunque, a decir verdad, creo que las caras más llamativas fueron las nuestras cuando vimos donde colocó nuestro equipo de buceo: en la proa de la embarcación, una canoa en la que, en la zona más ancha cabíamos apretaditos dos personas sentadas en línea y que, por supuesto, donde estaba nuestro equipaje sobresalía por ambos lados de la embarcación, burlando todas las leyes de la gravedad.

Con nuestra atención repartida entre el equipaje, siempre a punto de caer al agua y el impresionante paisaje de jungla que teníamos delante de nuestros ojos, comenzó la ascensión por el río Tembeling, rojizo en todo su cauce, por los minerales existentes en el nacimiento del mismo.  

El trayecto duró una hora y media aproximadamente, por parajes espectaculares, con una vegetación que en ocasiones se volcaba literalmente sobre la canoa. La multitud de sonidos de animales conseguían prácticamente "tapar" el poco ruido que emitía el diminuto motor de la embarcación. Durante el trayecto pudimos ver infinidad de aves, algunos monos y movimientos sospechosos en la frondosidad de la orilla que no podíamos llegar a ver quién o qué los producía.

En un ensanchamiento del río, en la orilla izquierda, aparecieron una serie de construcciones en madera, integradas en medio de la jungla y con muy buen aspecto, era el Taman Negara Resort y sería nuestra residencia los próximos tres días.

Frente a ella había un restaurante flotante con parada de "canoa-taxi" que habitualmente tenia un inusual movimiento de gente, teniendo en cuenta dónde nos encontrábamos.

Realmente el "tráfico" lo producían únicamente las excursiones que se realizaban desde el Resort y el poco movimiento que pudieran generar los habitantes de un pequeño pueblo cercano, situado en el interior de la jungla, en el que vivían los guías locales.

Aparte de las pocas edificaciones mencionadas, no había más construcciones en muchos kilómetros alrededor.

Tras una cordial bienvenida, los empleados del Taman Negara Resort recogieron nuestro equipaje, asombrados por el volumen y el peso que llevábamos para tan poco tiempo de estancia, y nos acompañaron a nuestra amplia cabaña.

Las condiciones de la misma, siendo el alojamiento un tres estrellas y teniendo en cuenta que nos encontrábamos en medio de la jungla, eran dignas de mención.

Aunque estaba humildemente realizada en madera, disponíamos de cuarto de baño con ducha, agua caliente, aire acondicionado, cama "king size" y por supuesto, una limpieza exquisita.

En lugar de las típicas instrucciones que encuentras en cualquier hotel de cómo llamar por teléfono desde la habitación al exterior o cómo están distribuidos los canales de la TV, en una de las mesas encontramos un documento plastificado, escrito en tres idiomas y firmado por la dirección, que decía aproximadamente que si encontrábamos algún animal o insecto dentro de la cabaña, por favor no lo tocásemos, simplemente que avisásemos en recepción y ellos se encargarían del resto.

La razón de tan singular advertencia era debida a que la parte trasera de la cabaña estaba prácticamente dentro de la jungla y, aunque las ventanas y la puerta de salida a la terraza tenían una malla "anti-bichos", si en un involuntario descuido nos dejáramos alguna abierta, las posibilidades de que pudiera entrar "algo" en la habitación eran muy elevadas. Así que, cada vez que salíamos, comprobábamos tres veces que todo estaba perfectamente cerrado.

Una vez instalados en nuestra confortable cabaña, salimos a dar una vuelta por los alrededores, hasta la hora de la cena, tras la cual tendríamos la proyección de un video sobre el lugar y la primera excursión por la selva. Realizamos solos, un recorrido de una hora aproximadamente por uno de los caminos que salían del resort, en el que pudimos ver algunos monos, bastantes especies de aves y algún que otro insecto.

El mismo recorrido lo repetiríamos esa noche con el guía local, buscando todo lo que por la tarde no habíamos visto... y, sinceramente casi mejor no haberlo visto, porque según lo que nos iba enseñando nuestro "pequeño amigo malayo" a la luz de las linternas, todo era venenoso y todo mataba...

Después de la interesante excursión nocturna, volvimos a nuestra cabaña para recuperar fuerzas. Al día siguiente tendríamos dos intensas excursiones y con la humedad y el calor tan sofocante que hacía en la jungla, debíamos estar descansados para aguantar lo mejor posible.

AMANECE EN TAMAN NEGARA

A las 8 de la mañana, ya nos encontrábamos tomando un copioso y energético desayuno en el restaurante del complejo, con el fondo sonoro de la jungla y la vista panorámica del río Tembeling.

A las 9 fuimos recogidos por nuestro guía local y, en una pequeña canoa, nos desplazamos río arriba. Primero subiríamos al Cerro Teresek en el que pudimos disfrutar de unas magnificas vistas generales del Parque Natural más grande y antiguo del mundo.

Luego, hasta la hora del almuerzo, realizaríamos un largo, caluroso y húmedo recorrido andando por la jungla (ahora lo llaman "trekking") viendo infinidad de insectos, bastantes pájaros, las especies vegetales más características y algún que otro movimiento sospechoso de la maleza o de las ramas de los árboles provocado por animales "no identificados".

Taman Negara se encuentra totalmente cubierto de la llamada pluvisilva o selva lluviosa; ésta se caracteriza por poseer una vegetación muy exuberante y disfrutar de temperaturas y precipitaciones relativamente altas durante todo el año. Constituyen los ecosistemas más variados del mundo y, aunque su ocupación es inferior al 7% de la superficie de las tierras emergidas, contienen más del 50% de las especies animales y vegetales del mundo (más que ningún otro tipo de hábitat).

 Como bien pudimos comprobar en nuestro primer recorrido, aproximadamente el 90% de las especies animales de la pluvisilva son insectos. Pero además podemos contemplar más de 600 especies arbóreas en una sola hectárea, encontrar hasta 250 especies de aves y, aunque la mayor parte de los mamíferos son nocturnos o crepusculares -como los abundantes murciélagos- también podemos hallar mamíferos tan poco habituales como tigres, rinocerontes de Sumatra, osos malayos y elefantes...

Para nuestra desgracia, estos últimos animales, es prácticamente imposible verlos.

Sobre la una de la tarde, llegaba nuestra hora del almuerzo y regresamos, nuevamente a través del serpenteante río, al Resort. Nos adecentamos un poco, y rápido a recuperar fuerzas en el buffet del restaurante ya que en una hora y media  nos volvía a recoger el guía.

La excursión de la tarde sonaba bastante más "aventurera" que las realizadas por la mañana; remontaríamos nuevamente el cauce del río y exploraríamos la cueva Gua Telinga donde, nos había comentado nuestro guía, podríamos ver infinidad de murciélagos y donde también deberíamos buscar "otro habitante" de la misma, depredador circunstancial de estos murciélagos: una gran serpiente.

Salimos de la canoa y recorrimos un corto trayecto hasta una formación rocosa de poca altura que aparecía literalmente en medio de la jungla. Nos señaló un pequeño agujero por el que debíamos acceder a la cueva. Pensé que a Teresa le iba a costar trabajo entrar, pero con mi metro ochenta y ocho de estatura y, en esa fecha, mis 82 kilos de peso... seguro que yo por ahí, no cabía.

Con muchos esfuerzos y algo de ayuda, ya estábamos los tres alumbrados por la tímida luz de nuestras linternas, en el interior de la "tenebrosa" cueva. Algunos regueros de agua, que después de un par de resbalones nos obligaron a tener mucho cuidado de donde poníamos los pies, y un fuerte olor a amoníaco que provenía de las deposiciones de los murciélagos que, de momento, solo oíamos, era la tarjeta de visita del lugar donde nos habían metido. 

En ese momento nos preguntamos qué coño hacíamos allí buscando una serpiente, cuando la gente "normal" se va de viaje de novios al Caribe a tomar el sol y "piñas coladas" en una playa de finísima arena blanca... Mientras yo dudaba entre arrepentirme o disfrutar de este momento único, nuestro pequeño guía alumbró con su linterna hacia el techo de la cueva donde colgados como "chorizos en época de matanza" dormitaban infinidad de pequeños murciélagos. Hasta aquí todo muy interesante, pero llevábamos un buen rato caminando por la cueva y la serpiente que veníamos a ver no la habíamos encontrado.

¿Nos encontraría ella primero? Nosotros, como era lógico, no sabíamos dónde podría estar, pero el "malayo" tampoco. Cuando le preguntamos nos dijo en su singular inglés, que unos días estaba "por aquí", otros "por allá", otros no estaba... ¡Vaya, un consuelo saberlo!... Nos podíamos apoyar en cualquier hueco de la irregular pared y llevarnos la sorpresa de que allí se encontraba nuestra amiga serpiente, esperándonos.

Unos metros mas adelante se resolvió el enigma. Era su hora de comer y allí estaba: burlando las leyes de la gravedad, con la mitad del cuerpo apoyado en una rama y la otra mitad en el aire, erguida, esperando a que algún murciélago asustado por su presencia echara a volar y, con la rapidez de movimientos que caracteriza a la mayoría del los reptiles, acabara entre sus fauces.

Teresa logró arrancar alguna instantánea del intento de "buffet libre" de la serpiente y, viendo la rapidez con la que se movía, nos alegramos de que se encontrara un par de metros por encima de nosotros y que su interés gastronómico se limitara a los pobres murciélagos. Un par de fotos y resbalones más por mirar hacia atrás para comprobar que la serpiente no nos seguía y llegamos hasta la salida de la cueva Gua Telinga.

Después de otro fabuloso paseo de regreso por el río hasta el Taman Negara Resort, finalizaron las excursiones por ese día. Nos aseamos y nos acercamos al restaurante, era el día de Nochebuena y aunque no había ninguna fiesta anunciada -allí no se celebra- por deferencia a los extranjeros occidentales, el menú era un poco especial y creo que después de la cena se había organizado alguna actividad singular, pero de todas formas nosotros cenamos y con lo cansados que estábamos, a las 22 h. estábamos roncando y soñando con serpientes y murciélagos.

Nuevo día en la jungla y como el día anterior, una vez desayunados y preparados para la calurosa jornada, fuimos recogidos por nuestro guía. La jornada matinal estaría dividida en dos partes: en primer lugar una ruta por la jungla, identificando animales y disfrutando del entorno, y a continuación, para completar la mañana, la actividad que ellos denominan "canopy walkway".

El "canopy walkway" es, sencillamente, pasear por un puente colgante, nos dijeron que el más largo del mundo, realizado en madera y cuerdas, suspendido a más de 20 metros de altura para poder observar la fauna de la jungla desde otra perspectiva, en mi caso la perspectiva del vértigo...

El paseo se realiza a través de cuatro tramos de más de 100 metros de longitud cada uno. Al final de cada tramo disponen de una plataforma donde poder hacer una "parada tranquila" y esperar al compañero, ya que los tramos, por seguridad y estrecheces, se atraviesan de forma individual, esperándose los compañeros al final de cada uno.

Imagino que el paso se realiza de forma individual no sólo por la limitación de peso que tenga el canopy, sino porque además se mueve bastante y andando dos personas al tiempo por él, debe resultar aún más incomodo si cabe.

Teresa disfrutó mucho de la experiencia y reconozco que no padeciendo vértigo, como es mi caso, estoy seguro de que se puede contemplar la jungla desde otra perspectiva y además, que la experiencia resulte muy agradable.

Por desgracia no fue mi caso. Debido a mi "problema físico" me limitaba a recorrer los tramos lo más rápido posible, sin pararme a disfrutar de la flora y fauna autóctonas... mi recompensa era simplemente llegar sano y salvo a través del tortuoso puente, a la plataforma del final de cada tramo, que realmente era al único punto de todo el precioso entorno al que me atrevía a mirar.

Sinceramente, para las personas sin problemas de vértigo es una actividad muy recomendable. Según me contaba Teresa, se puede disfrutar de una visión diferente de la jungla, observando multitud de animales que viven en la parte más alta de los árboles, difíciles de ver desde el suelo por culpa de la frondosidad de la vegetación, así como los que viven en la superficie sin que se percaten de que les observas.

Después de nuestra "experiencia de altura" regresamos al Resort. Una energética comida en el restaurante Tahan y una corta siesta dieron paso a la última excursión prevista en nuestra estancia en Taman Negara. Montamos de nuevo en la canoa, medio de locomoción habitual aquí, y remontando el río, nos dirigimos a Lata Berkoh, una zona de cascadas naturales donde, si querías, podías tomar un baño en las rojizas aguas del río.

Aunque el singular color era producido únicamente por la cantidad de minerales que contenía el nacimiento del río, el aspecto general y la lluvia que en ese momento estaba cayendo, no invitaba en exceso a un baño extra.

Continuamos con otra interesante excursión por la jungla hasta que llegó la hora de regreso al resort, donde nos esperaba la última sorpresa de Taman Negara. De camino a nuestro alojamiento, no olvidemos que nos encontrábamos en plena jungla, apareció, para nuestra sorpresa, una familia entera de monos que por las tardes tenía la costumbre de acercarse al Resort en busca de alimento. Y allí estábamos nosotros, a veinte metros de nuestra "casa", rodeados de esos monos que llevábamos dos días buscando por todos los rincones de la jungla, perseguidos o mejor dicho persiguiendo la comida que llevábamos en las manos.

Reconozco que alimentar a los animales salvajes no es una práctica correcta, que no debemos hacerlo ni en tierra y ni bajo el agua; los animales pierden el interés por conseguir el alimento de forma tradicional si lo pueden conseguir más fácilmente de la mano del hombre, se acostumbran a su presencia con el riesgo que ello supone y por supuesto es perjudicial para el equilibrio de su dieta. 

Pero, verse rodeado de todos estos simpáticos monos, que "sabían latín", siguiéndote, enredándote, comprometiéndote para que les dieras algo de comer y no sucumbir ante sus encantos, sintiéndolo mucho, reconozco que me resultó imposible.

Todos los días salíamos de excursión con algo de comida y agua en nuestra mochila por si en el transcurso del día necesitábamos reponer fuerzas y era "esa" la comida que perseguían nuestros simpáticos amigos.

Por el camino que unía el embarcadero con la zona de los bungalow, Teresa y yo regresábamos tranquilamente comiendo unas galletas cuando de repente comenzamos a ver un buen grupo de nuestros perseguidores que se acercaban descaradamente a los turistas que, como nosotros, regresaban hacia sus alojamientos.

La escena era divertidísima, los pequeños primates te seguían encandilándote para conseguir algo de comer. En ese momento cometimos el error de dar a uno de ellos unos frutos secos... y ahí comenzó el "espectáculo".

No era la primera vez que hacían el "numerito", se notaba que eran unos verdaderos profesionales en engatusar al turista.

Con sus argucias, primero acabaron con nuestros frutos secos para continuar con las pocas galletas que nos quedaban y a partir de ese momento, perdimos todo el interés para ellos, aunque seguíamos allí.

Insisto en que no es una actividad que aprobemos, reconocemos que no se debe hacer, que no es bueno para los animales, pero sólo puedo pedir disculpas por sucumbir ante los encantos de nuestros pequeños amigos.

Finalizado el espectáculo, nos fuimos a nuestro alojamiento. Un rato de relax, una buena ducha y al restaurante a cenar. Aunque esta vez, los efectos de la última cena no acabaron esa noche...

A la mañana siguiente, ya en el desayuno, el estomago empezó a darme problemas. Algún ingrediente de la cena que tomamos la noche anterior estaba pasando factura.

Con nuestro exagerado equipaje cargado de nuevo en la canoa (nunca olvidaremos la cara de asombro de los empleados del resort) y tras despedirnos de nuestro guía, comenzamos el descenso del río hasta el embarcadero de Kuala Tembeling.

El viaje de regreso hasta Kuala Lumpur fue el mismo, pero en sentido contrario al que nos condujo hasta la reserva de Taman Negara días atrás. En el mismo, embarcadero después de un trayecto en canoa inolvidable, tras pasar por un cuarto de baño, tomar unos antidiarreicos y rezar para que mi estomago se mantuviera "entero" hasta llegar a un sitio más civilizado, montamos en el autocar que nos trasladaría hasta Kuala Lumpur.

Allí, el encargado de nuestros desplazamientos, finalizó su trabajo con nosotros trasladándonos hasta el modernísimo aeropuerto internacional de K.L. distante unos 70 kilómetros de la ciudad.

Unos cuantos paseos por las dutty free y los cuartos de baño del aeropuerto (ya que mi estomago todavía no estaba en su sitio), hicieron más llevadera la larga espera que tuvimos que soportar hasta subir al avión que nos llevaría, cómodamente, a nuestro siguiente destino; Kota Kinabalu.