En pleno mes de agosto, salíamos de Madrid a las 3 de la tarde y llegábamos a Johanesburgo, vía Amsterdam, a las 9 de la mañana del día siguiente (la hora coincide con la de España en esta época del año), esperamos la salida de nuestros equipajes y los facturamos de nuevo, ya que el destino final de nuestro "comienzo de viaje en Sudáfrica" era Ciudad del Cabo, y aún nos quedaba un vuelo por realizar.

Una vez aterrizamos en el aeropuerto de Ciudad de Cabo y recogimos nuevamente los equipajes, nos dirigimos a la sucursal que Budget Rent a Car tiene en el aeropuerto, retiramos el vehículo que teníamos reservado y nos pusimos de nuevo en camino, ahora en coche y "por la izquierda", para recorrer los aproximadamente 200 km. que nos separaban de Gansbaai-Kleinbaai.

Hicimos una parada en Walker Bay, donde se encuentra Hermanus, localidad famosa porque entre los meses de Julio y Noviembre las ballenas francas se acercan hasta la costa y se las puede contemplar tranquilamente desde la orilla mientras te tomas un café en una de las tabernas locales, como pudimos comprobar personalmente. Cuando las ballenas están próximas se encarga de avisarte, como se ve en las fotografías, un pintoresco señor que hace sonar una singular corneta.  

Tras esta parada de necesario avituallamiento endulzada con la vista de 5 "ballenas francas" a una muy corta distancia de la costa, seguimos camino hasta localizar el lugar donde íbamos a pasar nuestra primera noche en este bonito país; Fair hill (una encantadora guest house situada a quince minutos en coche del puerto de Kleinbaai desde donde, a la mañana siguiente embarcaríamos, si el tiempo lo permitía, para intentar ver el "Blanco").

Una vez localizado el que iba a ser nuestro hogar durante los próximos dos días y como nos quedaban todavía dos o tres horas de luz, decidimos buscar el puerto de Kleinbaai con el fin de no perder demasiado tiempo a la mañana siguiente. Así por fin y tras 26 horas desde que partimos de Madrid llegábamos a nuestro primer destino... el pequeño puerto de Kleinbaai desde donde mañana partiríamos a la busca del tiburón blanco... O al menos eso pensábamos antes de ver las condiciones del mar, ya que con 25 ºC menos que en Madrid, un fuerte viento digno del más exigente practicante de surf y 6 filas de enormes olas rompiendo salvajemente contra el puerto, nuestra ilusión de poder salir a la mar al día siguiente, empezaba a desvanecerse.

Por si eso no fuera suficiente, vimos las embarcaciones que realizaban este tipo de "aventura" y solo puedo decir una cosa de ellas: "daban mucho miedo"... Eran pequeñas, muy pequeñas no nos imaginábamos a un "gran blanco" dando vueltas a su alrededor... sin intentar comérsela de un bocado.

Tras una deliciosa cena en Fair hill (nuestra guesthouse) regada con un buen vino sudafricano (para los aficionados comentar que, en general, el vino de este país es bastante bueno y de precio muy asequible) a través de Val Deverson, la encantadora dueña de la guesthouse, contactamos telefónicamente con Brian Mcfarlane, el capitán del que sería nuestro "pequeño barco", y quedamos para la mañana siguiente a las 10 A.M. en el puerto.

Nos levantamos, desayunamos y tomamos rumbo al puerto de Kleinbaai. Al llegar, nuestra primera agradable sorpresa del día, parecía mentira pero el mar que ayer por la tarde arremetía salvajemente contra el puerto, hoy estaba calmado y prácticamente como un "plato", perfecto para salir con nuestro "pequeño barco".

Tras localizar en el pequeño puerto la embarcación "Predator", al capitán Brian Macfarlane y firmar "irresponsablemente" un documento en el que básicamente decía que estabas completamente loco por ir en busca de tiburones blancos y que por supuesto eras totalmente responsable de lo que te pasara, embarcamos y partimos rumbo a las famosas islas Dyer.

En este grupo de pequeñas islas, situadas 5 millas mar adentro de la costa de Gansbaii, destacamos la isla Dyer y el islote Geyser Rock que constituyen un área protegida donde podemos encontrar, desde una reserva ornitológica y una población de 7.000 pingüinos en Dyer, hasta una colonia permanente de aproximadamente 40.000 ejemplares de focas y leones marinos en la "ruidosa y olorosa" Geyser Rock.

Debido a la singular ocupación de las islas, las aguas que las rodean constituyen una enorme despensa llena de suculentos y abundantes manjares para un depredador como el Tiburón Blanco, no es de extrañar que representen el mejor lugar del mundo para encontrarse, observar e incluso bucear con estos impresionantes depredadores.

El canal que separa las citadas islas, conocido por los lugareños como "Shark Alley" -callejón de los tiburones-, era nuestro destino y después de 20 minutos de tranquila navegación nos encontrábamos allí, fondeando la embarcación en la corriente que atraviesa el canal, sometidos a los singulares olores y al ensordecedor ruido que provenían de Geyser Rock y de sus simpáticos y sabrosos, al menos para los tiburones, ocupantes.

El funcionamiento de este tipo de "buceo con tiburones" es el siguiente:

Una vez fondeada la pequeña embarcación, el capitán y su ayudante depositan la jaula en el agua, amarrada al barco con un par de cabos. Comienzan a cebar la zona para atraer al tiburón, echando en el agua una mezcla de aceite, hígado, sangre y restos de pescado que denominan "chumming" que tiene un olor repugnante para nosotros pero que a los tiburones les encanta.

Además lanzan a unos 20 metros del barco un aparejo con carnaza, en nuestro caso tres enormes cabezas de bonito que se mantenían mediante un flotador a un metro de profundidad, y otro, un poco mas lejos, con una silueta de foca que irán acercando a la jaula en cuanto el tiburón intente atraparlos, con el fin de poder disfrutar del encuentro con el animal lo mas cerca posible...

El equipo que debíamos llevar era simplemente las gafas de buceo y los escarpines ya que el neopreno y el lastre te los facilitaba él, aún así, nosotros llevamos nuestros trajes ya que el agua podía estar entre 10 y 15 grados y dos sesiones de 30 minutos, prácticamente sin moverte podía ser muy duro con un neopreno que no ajustase correctamente. En la jaula entrábamos dos personas en cada turno y el aire era suministrado a través de unos reguladores con latiguillos de unos 3m. conectados a dos botellas en el barco. Nos encontrábamos entre 0,5 y 2m de profundidad y la jaula era...

Bueno, el tema de la jaula la verdad es que no te lo planteas, no solo la nuestra, todas las que vimos parecían "pajareras" en lugar de elementos que deberían protegerte, en caso de ataque, de un bicho que puede sobrepasar fácilmente los 1000 kgs. de peso ("recuerdo que el primer coche que yo tuve pesaba bastante menos").

De todas formas aún con su aparente fragilidad, al encontrarse la jaula flotando sin ningún punto de apoyo, el tiburón si la golpea (que de hecho lo hace) lo que consigue es balancearla pero no la puede aplastar, ya que al encontrarse separada de la embarcación no tiene superficie contra la que aplastarla. Aún así cuando la golpea, entiendes perfectamente el miedo que debe sentir todo bicho marino cuando ve tras de si la silueta de un depredador como este.

COMIENZA EL ESPECTACULO:

Nuestro capitán tras repartir los turnos de entrada a la jaula en parejas, insiste en que no nos pongamos el neopreno hasta que él nos lo indique. Quiere que disfrutemos el primer tiburón, que aparece prácticamente a los cinco minutos de empezar a echar la carnaza por la popa del barco.

Allí está... Las aletas dorsal y caudal fuera del agua persiguiendo nuestra silueta de foca y las cabezas de bonito que muy profesionalmente el capitán acercaba en dirección al barco. Se acerca hasta 1 metro de nosotros, se va, vuelve, pasa por debajo... Un ejemplar de unos 3,5 - 4 metros nadando alrededor de nuestra "frágil y pequeña embarcación" es increíble. Los allí presentes nos miramos con cara de asombro, sin poder articular palabra inteligible, nuestros comentarios se limitaban a estupideces del tipo; "joder... ostras... que fuerte..." y tonterías similares que "algunos humanos" decimos cuanto nos sometemos a un cóctel de excitación, asombro y miedo...

Una vez que el primer ejemplar quedó perpetuado para la posteridad desde la embarcación, comenzó el ansiado reparto de turnos para introducirse en la jaula y aunque el avezado capitán, mientras lanzaba una y otra vez los aparejos con la carnaza y la silueta de la foca, comento  que era un día muy bueno para tiburones todos estábamos deseando entrar los primeros...

Nuestro turno fue el tercero de los cinco que se había dispuesto y como nos comentó Brian, si las condiciones del mar acompañaban incluso podríamos hacer una segunda inmersión, como así fue.

Esperamos con ansiedad nuestro momento, disfrutando desde la cubierta de las evoluciones del tiburón alrededor del barco mientras las dos parejas que nos precedían hacían uso de su ansiado turno.

Con la emoción el tiempo pasa rápido y el capitán nos indica que nos pongamos el neopreno, los siguientes somos nosotros... Preparamos nuestra discreta cámara subacuática y siguiendo las indicaciones del experto capitán procedemos a quitar el flash esclavo de la misma, ya que este, parece ser, podría molestar al tiburón y eso creo que no nos interesaba a ninguno.

Mientras el capitán "entretiene" a nuestro "amigo", ayudamos a salir a los compañeros de la jaula, nos dan su lastre, unos 15 kgs. aproximadamente (es necesario permanecer en el fondo de la jaula, y recordemos que únicamente llevamos el neopreno con lo cual nuestra flotabilidad es extremadamente positiva) y nos introducimos Teresa y yo en la misma. Tras acomodarnos uno detrás del otro, ya que las dimensiones no permiten estar en línea, nos agarramos firmemente a los barrotes con pies y manos para aguantar el no siempre suave balanceo de la jaula y buscando en el "horizonte submarino" esperamos ansiosos la aparición del "enorme depredador"...

No transcurren mas de dos minutos cuando a lo lejos entrevemos la enorme silueta del blanco acercándose a los cebos que estratégicamente ha lanzado el capitán a unos 15 metros de la jaula. El tiburón nada en círculos cada vez mas pequeños alrededor de la carnaza, mientras desde el barco van acercando los señuelos a nuestra posición. Cada vez los círculos son mas pequeños y cada vez esta mas cerca de nosotros.

La visibilidad, por las condiciones de ese "canal" donde nos encontramos, es muy variable pasa de 15 o 20 metros, viendo perfectamente al animal como realiza sus aproximaciones a la posible presa, a desaparecer casi por completo no viendo mas allá de un par de metros. Después de no perderle de vista durante cinco minutos, de repente, una nube cubre el sol, la visibilidad desaparece y con ella nuestro "amigo".

Teresa y yo nos miramos y comenzamos a vigilar en todas las direcciones, esperando que en cualquier momento aparezca de la nada y nos pegue el susto del día, ya que a estas alturas de la "película" la carnaza estaba a unos 3 metros de nosotros...

De repente, a un metro de nosotros, aparece una boca descomunal repleta de enormes y afilados dientes que se acerca hasta rozarnos, desplazando a su paso tal cantidad de agua que la jaula comienza a tambalearse de un lado a otro y resulta imposible hacer una fotografía sin estar firmemente agarrado a la misma.

El blanco permaneció por las inmediaciones todo el tiempo que estuvimos en la jaula, siempre dibujando círculos alrededor nuestro, alejándose, acercándose, "jugando", "oliéndonos"... Hasta que debió llegar a la conclusión (Influido claro está, por el aroma nauseabundo del "chumming" y las cabezas de bonito) que podíamos merecer la pena como primer plato y cuando menos lo esperábamos abrió su enorme boca y propinó un bocado descomunal a la jaula.

Había perdido la foto de mi vida..., medio segundo antes de la "agresión" acababa de hacer una foto y como nuestra cámara, necesitaba un tiempo de recarga por desgracia no pude inmortalizar el escalofriante momento. Después, fruto de una mezcla entre impotencia por no haber obtenido la instantánea y miedo por el susto que nos había pegado, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a insultarle a grito pelado a través del regulador, porque aunque el no tuviera la culpa, yo no había podido inmortalizar su garganta.

Ofendido por mis insultos ó mas bien porque carecíamos de interés gastronómico, se fue alejando poco a poco de nosotros no sin antes intentar morder el motor de la barca y luego la carnaza (con parcial éxito ya que se llevo una de las tres descomunales cabezas de atún). Tras conseguir parte de su botín, ya que nosotros aún permanecíamos encerrados en nuestra "pajarera", desapareció lentamente... Nuestro tiempo había pasado y debíamos dejar el sitio a otra pareja.

Esperamos nuestro segundo turno pasando un poco de frío en la cubierta de la barca, ya que se había nublado, entrando repentinamente una niebla digna de mismísimo Londres, y del agua, a 15ºC, salíamos algo destemplados. En este intervalo de tiempo en superficie podías comer, había bocadillos, snacks y bebidas, mientras veías como intentaban atraer otro tiburón a la jaula.

Hasta que el tiburón no es localizado, los buceadores permanecen fuera del agua, dentro de la jaula pero en superficie con el fin de no consumir aire y pasar frío a lo tonto.

El tiempo pasa, dos parejas deciden que con la primera sesión han tenido suficiente ración de frío y adrenalina por hoy. Así pues, antes de que nos demos cuenta estamos preparados en la boca de la jaula, esperando que aparezca nuestro amigo en el horizonte para colarnos dentro por segunda vez.

Con la tranquilidad que da el haberlo experimentado hace apenas hora y media, esperamos relajados en la parte superior de la jaula, agarrados a los flotadores y sin dejar de mirar en todas las direcciones, a que nos avise el capitán, que sigue lanzando una y otra vez la carnaza y la maltrecha silueta de la foca (digo maltrecha justificadamente porque a estas alturas habíamos perdido tres, dos acabaron con sendos bocados enormes y la tercera directamente destrozada -el tiburón en este caso fue mas rápido que el capitán, y el hecho de que hubiera "repuesto", da a entender que no es algo inusual-). De repente, señalando hacia el frente nos dice; "Shark is there... down!!!" y rápidamente Teresa y yo al fondo de la jaula... Esta vez mas organizados en nuestros movimientos (la experiencia es un grado) nos acomodamos y esperamos a que una silueta aterradora con un nadar lento y relajado, que vemos a lo lejos, se vaya acercando a nosotros. Ya está aquí, es ¡enorme!. Pensamos que es una hembra y puede medir unos 4 metros aproximadamente, aunque realmente a mi me parecen 10 o mas. (posteriormente el capitán nos confirmó que podría medir 4 metros perfectamente). Desaparece por nuestra derecha y... ¿Donde está?... Miramos de un lado a otro y por nuestra izquierda aparece nuevamente, pero... ¿Ahora era mas pequeño?... "Es imposible, pienso; los tiburones no encogen!". Se acerca algo mas y descubrimos que no es el mismo tiburón...

Para que no quedara ninguna duda y que no pensáramos que habían sido alucinaciones producidas por exceso de adrenalina, apareció de nuevo la hembra, ahora flanqueada por lo que parecía ser un macho mas joven (nuestro tiburón encogido), mas que diferencia en el tamaño se notaba que la hembra era bastante mas fuerte, mas "gorda" que el macho.

Allí permanecieron los dos al menos quince minutos dando vueltas alrededor nuestro, desapareciendo, apareciendo, brindándonos unos momentos inolvidables. Se acababa el tiempo, quedaba todavía un turno después del nuestro y llevábamos mas de media hora debajo del agua, así que el capitán "golpeando sutilmente" la jaula con un bastón de madera nos avisó de que se nos había terminado el tiempo. Salimos rápidamente, muy a nuestro pesar, dando el relevo a nuestros compañeros.

Comentábamos con los compañeros la maravillosa experiencia (la verdad es que salíamos todos excitados y emocionados de la jaula) mientras seguíamos viendo, desde la barca las evoluciones del ultimo tiburón.

Cuando parecía que había terminado nuestra emocionante experiencia, Teresa y yo empezamos a cambiarnos, ya que con el neopreno mojado, el aire que empezaba a soplar y la relajación posterior a la presencia del tiburón, ahora si que teníamos frío de verdad. En ese momento (cuando nos resultaba imposible utilizar la cámara de tierra porque estábamos empapados y la submarina porque tenia el carrete gastado) el capitán, acercando el cebo hasta el barco, logró que el tiburón sacara la cabeza del agua para intentar hacerse con él.

Corriendo nos asomamos a la borda para presenciar la impresionante imagen, pero por desgracia nosotros no pudimos inmortalizarla. Días mas tarde nuestros amigos canarios Miguel J. González y su mujer Ana, con los que compartiríamos muy buenos ratos en Protea Banks, sacaron estas fabulosas imágenes de las evoluciones del tiburón al final de la jornada y aquí quedan como documento grafico impresionante y como pequeño homenaje al encantador Miguel que por desgracia ya no se encuentra entre nosotros.

Una vez se puso en marcha la embarcación dirección al puerto, los comentarios de todos eran entorno a la fabulosa experiencia que habíamos vivido, pero aún nos quedaba una gratificante experiencia antes de llegar a nuestro destino; el barco pasaría muy despacio junto a las islas Dyler para que pudiéramos contemplar de cerca "la despensa de los tiburones", la colonia permanente de focas y leones marinos de los que se aprovisionan los "blancos" de la zona (de ahí la concentración de los mismos por los alrededores). El capitán logró pasar con el motor a ralentí con lo que pudimos disfrutar viendo la cantidad de animales que allí se congregaban, como ya hemos contado en otra parte de este texto, literalmente no se podía ver el color de la isla ya que era tapizada completamente por las focas y leones marinos.

Allí podíamos verles jugando, descansando, cortejándose, alimentándose... vamos de un plumazo echabas un vistazo a su vida social.

No solo la isla estaba plagada de estos graciosos ejemplares, como si estuvieran esperando nuestra llegada, en el agua se concentraban cientos de ellos realizando acrobacias y llamando nuestra atención con sus movimientos y su concierto de sonidos, llegándose a acercar a un par de metros de la embarcación. Fue un fin de fiesta genial para un día repleto de emociones.

Una vez desembarcamos en el puerto nos dirigimos a un pequeño bar donde pudimos tomarnos una sopa o café calentitos (el cuerpo lo agradeció una barbaridad) y luego pudimos ver la grabación en video de toda la emocionante jornada en una tienda que tienen allí montada con todo tipo de motivos relacionados con el tiburón blanco.

Allí podías comprar, a un precio muy asequible, bonitos recuerdos de este fabuloso sitio (sudaderas, forros polares, camisetas, tazas, posters, fotografías...). Así mismo podías encargar una copia de la cinta (por unos 30 €) que inmortalizaba tu paso por Gansbaai.

Nosotros nos íbamos a la mañana siguiente hacia Unkommas y por desgracia no compramos la cinta porque no te la entregaban en el momento. Lo que si hicimos, ya que nuestro equipaje andaba escaso de ropa de abrigo y empezábamos a acusarlo, fue agenciarnos dos forros polares -con motivo bordado de tiburón blanco, por supuesto- que en el resto del viaje nos resultaron de mucha utilidad, por que nuestra idea del invierno en Sudáfrica distaba bastante de la realidad en lo tocante a previsiones meteorológicas.

Nos despedimos de nuestros compañeros de aventura, del súper profesional capitán, Brian Mcfarlane (no paró ni un minuto en todo el día, impresionante) y en especial de Alex (un compañero de "inmersión", belga para mas señas, divertidísimo que hablaba español y con el que pasamos un buen rato en el barco) quedando para bucear en el futuro en España, eso si, para mi desgracia, sin tiburones.

De camino a Fair hill hicimos una parada en "De Kelders" a tres kilómetros de Gansbaai, desde donde se puede ver atardecer en un enclave precioso, en este caso junto con 2 ballenas francas que querían compartir tan emotivo momento del día con nosotros (es habitual que esto ocurra ya que las ballenas se acercan a las costa en este punto de igual manera que ocurre en Hermanus y tienen habilitados unos sitios desde donde se las puede observar mientras puedes disfrutar de un precioso atardecer en el indico, un colofón ideal para el día que habíamos pasado).

Una vez hicimos las fotos de nuestro primer atardecer en Sudáfrica y tras un cuarto de hora de conducción llegamos a nuestra confortable guest house y allí estaba la encantadora Val preocupándose por nosotros como si de una madre adoptiva se tratara (fabulosa).

Elegimos lo que queríamos cenar esa noche (daba igual porque todo estaba delicioso) y después de un largo y relajante baño compartimos un buen rato antes de la cena con (yo siempre digo que este mundo es un pañuelo) una pareja de buceadores y su hijo a los que ya conocíamos de Madrid por tener amigos en común.

Rafael Fernández, prestigioso fotógrafo submarino, su mujer y su hijo comenzaban mañana sus días con el tiburón blanco así que aprovecharon para asaltarnos a preguntas (practica común entre los buceadores) sobre nuestra experiencia del día.

Una vez hablamos con ellos nos sentimos mas afortunados si cabe, ya que entre copa y copa de buen vino sudafricano, nos contaron que años atrás intentaron durante una semana salir a bucear con el "blanco" y las condiciones del mar se lo impidieron. Con lo cual, intentarlo un solo día y conseguirlo, como ha sido nuestro caso, podemos considerarlo todo un lujo... (El capitán nos comento que habitualmente se podía salir a "hacer el blanco" aproximadamente el 30% de los días del mes y que si se lograba salir, las posibilidades de encontrarlo eran del 90%. Dato a tener en cuenta para no dejar únicamente un día para intentar verlo). 

Después de la deliciosa cena, un merecido descanso y un fabuloso desayuno nos vimos obligados, muy a nuestro pesar a despedirnos de Vel y su marido, de nuestros compañeros de Madrid, de los avestruces y perros que allí tenían y recorrer en coche los aproximadamente 200 km. que nos separaban del aeropuerto internacional de Ciudad del Cabo para tomar un avión que nos llevaría a Durban.

cortesia de:  www.fairhill.co.za
cortesia de:  www.fairhill.co.za

Por el camino y como despedida de esta zona hicimos un alto en Hermanus donde pudimos disfrutar nuevamente de la presencia de ballenas junto a la costa. Una vez llegamos al aeropuerto, devolvimos nuestro coche y facturamos el equipaje con la compañía local South African Airways no teniendo en esta ocasión ningún problema con el exceso de equipaje como con la excesivamente estricta KLM.

Tras un tranquilo vuelo de unas dos horas llegamos a Durban donde recogimos nuevamente nuestro equipaje, el coche que teníamos reservado en el aeropuerto y nos pusimos en camino hacia St. Michaels on Sea, lugar donde estaríamos alojados tres noches mientras "buceábamos" en los famosos PROTEA BANKS...